Patri llegó con el tiempo justo, pero con algo mucho más fuerte que el tiempo: una personalidad imposible de encasillar. Ningún vestido de novia la representaba, ninguno parecía estar hecho para ella.
Yo estaba terminando el traje de su futuro marido cuando él, con esa certeza tranquila, la animó a sentarse conmigo. Y ahí empezó la magia.
De nuestra conversación nació un vestido distinto a todo, mezcla de cupro y seda natural, con una caída suave y un movimiento casi vivo. Era como si los tejidos hubieran estado esperando encontrarse en ella.
Patri confió sin reservas. Y así, juntas, dimos forma a un vestido de novia con tanta fuerza y autenticidad como su propia esencia.
Pero lo más especial de todo fue haberlos vestido a los dos. Acompañarlos en su día, en su encuentro, fue un privilegio que guardaré siempre conmigo.