Mi propio vestido fue, además de uno de los proyectos más bonitos, un desafío.
Siempre estoy acostumbrada a verlas a ellas, desde fuera, a cuidarlas, a guiar sus historias. Pero cuando la historia eres tú, las preguntas se vuelven más difíciles. Las mismas que llevo años haciéndoles a ellas, muchas veces responden con un “no sé”… y ahora no es nada es fácil.
Mi vestido contenía fragmentos de memorias familiares, bordados que habían vivido antes en otros cuerpos. El camisón de la noche de bodas de mi abuela, que me regaló junto con su vestido de novia para que hiciera lo que quisiera. Y un delicado bordado de unos cojines hechos por mi bisabuela. Cada detalle, llevaba implícito tiempo, amor y legado.
Trabajar con esas telas fue más que un proceso creativo. Fue un acto de cuidado, de memoria, de conexión conmigo misma y con todas las mujeres que vinieron antes de mí.
Y así, entre hilos y recuerdos, mi vestido se fue transformando en algo que no era solo mío, sino de todas nosotras.