Fue un regalo encontrarme con Roxanne.
Ella confió en mí desde el primer instante y ¡con los ojos cerrados!
Roxanne, su madre y su hermana llenaban el taller en cada prueba, de una calma creativa, gracias a una sensibilidad especial que las tres desprenden.
Un día, mientras colocaba una gasa sobre su vestido para valorar la posibilidad de introducirla, la forma que tomó fue tan delicada que supimos que había que conservarla. Hilvanamos, y después cosimos exactamente así. No hubo plan, solo intuición, improvisación y complicidad.
Crear sobre su cuerpo fue mágico. Ver cómo la tela encontraba su propia vida y cómo el vestido se revelaba a cada instante, con suavidad y armonía.
Al final, surgió algo que no era solo un vestido de novia, sino un testimonio silencioso de confianza, de sensibilidad y de la belleza que emerge cuando la creatividad fluye por ambas partes.